México debe avanzar con los cambios, no retroceder

Consideraciones sobre una propuesta de un candidato presidencial que apunta a impedir el comercio exterior
Lic. Carlos E. Palencia Escalante
Socio Directo en CEO

Una transformación debe ser profunda, de alcance estructural y clara en lo que se pretende, para mejorar las expectativas de crecimiento –como lo formulado en las economías antes centralmente planificadas y en nuestro país–, al haberse generado “dos Méxicos”. Así lo expresa el licenciado Carlos E. Palencia Escalante, Socio Director de la firma Consultoría Estratégica & Outsourcing (CEO), quien analiza las implicaciones de adoptar un modelo que contemple el cierre al desarrollo económico-comercial.

Preámbulo

Básicamente en el ex-socialista proceso transformador, debieron instrumentarse medidas de cambio relacionadas con la liberalización de precios, del comercio (interno y hacia el exterior, preponderantemente con la Unión Europea a manera de mercado natural) para la estabilización macroeconómica, la creación de instituciones de mercado y la privatización de empresas anteriormente propiedad del Estado, entre otros elementos.

Esto es totalmente contrario a la actual propuesta hecha por un candidato presidencial en el sentido de volver al “Desarrollo Estabilizador” centrado en el control de precios, en establecer precios de garantía, en definir mecanismos de protección sectorial y actividades regidas por el Estado, así como el ostracismo comercial.

Desde una perspectiva general, no era sorprendente encontrar que la opinión generalizada en la ex-Unión Soviética –y los países con economías centralmente planificadas– fuera esperanzadora, en tanto la población estimaba que las reformas llevarían hacia una liberalización de las actividades económicas, lo que posibilitaría una rápida transformación y con ella un vertiginoso mejoramiento en los niveles de vida. Nuevamente esa visión contrasta con lo que escuchamos ahora en México en vísperas de la elección presidencial: volver al pasado rentista, del control político de la sociedad y de la economía.

Las claves, en el entorno de renovación ex-socialista (como en nuestro país por las reformas en la actual administración gubernamental), son gradualismo, lo paulatino de la instrumentación y la consolidación a largo plazo: ¿Qué escuchamos y tememos en el futuro próximo de México?... retrocesos económicos y modificaciones irracionales.

Líneas para la reestructuración

Algunos puntos de vista se podrán tomar en consideración para dar una respuesta inmediata en el sentido de que la transición debía ser encabezada por la rápida privatización de las principales actividades económicas.

Aquí cabe la siguiente acotación. Contrariamente a lo que la mayoría de las personas pueda pensar, la transición económica no inició con la caída del muro de Berlín ni con la desaparición de la Unión Soviética, en sentido estricto el paso hacia una economía de mercado comenzó en los primeros años de la década de los ochenta del siglo XX, con las reformas instauradas en Polonia y los graduales cambios del mercado en Hungría.

La función del gobierno es primordial. Independientemente de las medidas, las autoridades, por si mismas, deberían en el caso de los ex-países socialmente centralizados, asumir un objetivo en la transición, animando con ello a su consecución y la firme convicción por alcanzarla en un período determinado. Por otra parte, la atención de la estrategia debería permitir un equilibrio a nivel macroeconómico que, a fin de cuentas, se pretende alcanzar. Aunque suene paradójico, de no hacerlo así, el requisito de no intervención directa del Estado daría pauta para volver al viejo régimen de decisiones económicas centralizadas… Ahora, si analizamos propuestas en elecciones presidenciales de México, lo relativo a intervención directa del estado es lo último que se propone y es un contrasentido de lo que buscaban en la parte final del siglo XX las naciones de la antigua Unión Soviética y del bloque oriental.

Como en esa época, el México del futuro cercano debe considerar la procedencia técnica que no dificulte la coordinación entre los requerimientos macroeconómicos de estabilidad y el desarrollo de los agentes económicos, particularmente de las personas como individuos y en conjunto como iniciativa privada o sector empresarial. En el centro de esa claridad habrá de manifestarse la velocidad para implementar los cambios institucionales, la secuencia y profundidad de las reformas –no originando retrocesos– en varios sectores, así como la relación con las medidas administrativas y gerenciales. Todo ello, en distintas dimensiones, tendrá que evitar desequilibrios macroeconómicos como fue unos de los propósitos centrales de la Perestroika y el Glásnot.

Estabilidad macroeconómica: la base

Desde el inicio del proceso de transición, la estabilidad macroeconómica debía situarse como el corazón de la estrategia, toda vez que las economías centralmente planificadas al dar el cambio en busca de un sistema de mercado al estilo capitalista requieren de dos elementos particulares:

  • la estabilización debe ser un requisito básico para continuar el avance, y
  • esta necesariamente debe reflejarse en el nivel de producto interno

Para el caso mexicano, de proponerse un cambio a partir de diciembre del 2018, deberá forzosamente tomarse en cuenta los dos puntos anteriores. Esto porque de igual forma que en la transformación ex-soviética, la estrategia de reforma deberá preguntarse, una vez lograda cierta estabilidad en los indicadores macroeconómicos, ¿cuál podría ser el camino para intensificar el proceso de reforma?

Para este cuestionamiento existen varias respuestas:

  • debe establecerse una coordinación estrecha entre la reestructuración de las empresas y la rehabilitación del sector bancario; es decir, un sector empresarial más responsable y un sistema financiero posibilitado para la colocación de créditos, haciendo con ello posible la efectividad de la política monetaria
  • a fin de contener un déficit fiscal, se hace indispensable la reestructuración del gasto social, acorde con las posibilidades de fortalecer la fuente de recursos públicos, en otras palabras, aumentar la base de contribuyentes, reducir la informalidad y contraer el gasto en actividades no productivas
  • en paralelo al control sobre fuentes domésticas de presión inflacionaria, manejar cautelosamente la tasa de depreciación de la moneda, como medio para lograr una expectativa –si no de forma estable, si programable– de la inflación, y
  • reducir el tamaño del sector público en la producción y en la prestación de servicios, desarrollando a la vez herramientas de productividad burocrática o gerencial si se prefiere el término

Los elementos anteriores no pueden ser substituidos, sino por el contrario, se hace necesaria su progresiva interacción, pues de no ser así se generarían distorsiones y efectos nocivos que derivarían en un círculo vicioso, contrarios al pretendido cambio y desarrollo.

En la Perestroika y el Glásnot, la estabilidad y la transición implicaban, entro otras cosas, eliminar subsidios que anteriormente recibían los países de Rusia, en particular a través del deformado sistema de precios.

Por tanto, se hacía necesario complementar la liberalización de precios por medio de dos líneas de actuación, particularmente hacia el exterior:

  • el comercio dirigido por el gobierno fue eliminado a fin de dar cabida a un nuevo sistema de tarifas aduanales, adaptado con relativamente bajos promedios arancelarios, y
  • tender un lazo entre los mercados doméstico y externo sin bruscos ajustes del tipo de cambio ni afectar a la balanza de pagos para evitar una crisis económica generalizada

Al paso del tiempo, no mucho, más de dos terceras partes de los precios relacionados con la producción o el consumo fueron liberalizados, aunque algunos fueron controlados básicamente por la relación que adquirían con los productos ligados al sector energético, y con los bienes y servicios de utilidad pública, a fin de no causar impactos negativos en el ingreso y poder adquisitivo. Si bien los anteriores puntos eran inobjetables, un elemento común que se registró en las economías ex-soviéticas en transición fue la notable e inadecuada actuación por parte de las autoridades. Una de ellas se relacionó con la reestructuración empresarial, que en no pocos casos fue lenta y atribuida a las siguientes causas:

  • las dificultades para establecer un efectivo mercado laboral y una política social que apoyara de una u otra forma la protección de los ingresos de los trabajadores
  • la creación de nuevas fuentes de empleo como consecuencia de la reestructuración de las empresas, y
  • deficiencia de medidas y herramientas en manos del sector público para reorganizar (reconvertir) los sectores afectados por las reformas

Factor empresarial

Son varias las características comunes que pueden observarse en una fase de transformación como el derivado en los países centralmente regulados. Una vez adoptado un proceso de apertura, y abandonados los sistemas de planificación central, la iniciativa y la autonomía de elección –dos de las principales libertades económicas de todo individuo– fueron imponiéndose a fin de conformar la oferta y la demanda real, aún con el riesgo de crear un sistema económico amorfo.

Cómo en México, las autoridades generalmente han de adoptar una especie de acercamiento multidisciplinario que posibilite el manejo de varios escenarios o esquemas relacionados con el redimensionamiento del sector empresarial, entre los que destacan el corporativismo de empresas gubernamentales y la privatización; la determinación de normas sobre gastos en empresas públicas y los recortes a los subsidios, así como la liquidación de empresas (esto último aplicado en la separación socialista). Estos instrumentos se utilizaron de país a país y en numerosas formas, con especial énfasis en momentos de crisis industriales o post-sistémicas con la desaparición del bloque socialista, pero no así como una estrategia general aplicada para todo el grueso de la base industrial.

Igual que en nuestro país, detrás de esa enseñanza internacional estaba el impulso a la iniciativa empresarial, si hay apoyo a la descentralización, y con ello a los mecanismos de mercado, el sector gubernamental debe esforzarse por dar a conocer los medios y parámetros que potencien dicha reestructura empresarial.

Bajo este orden de ideas, deben tenderse las directrices referentes a las licitaciones y bases de concurso incluso para las compras que realicen las entidades gubernamentales, no solo con el propósito de transparentar operaciones si ese fuera el caso, sino también para posibilitar una mejor asignación de recursos, permitiendo que tanto capitales nacionales como extranjeros participen en las decisiones en favor de una mayor productividad laboral y competitividad.

En otras palabras, potenciar las empresas más viables, penalizando –al enfrentarse a la competencia– a las firmas con menores posibilidades de sobrevivir.

La productividad es evidente que no puede posponerse, pues hacerlo eventualmente derivaría en altos costos y presiones especiales en el gasto público, que de nueva cuenta impedirán restablecer la estabilidad macroeconómica. En consecuencia, la reestructura nacional debe ir acompañada por un mecanismo de libertad para el desarrollo del mercado laboral y de políticas sociales que refuercen un real acceso al bienestar social.

Esta interconexión entre reestructura empresarial, políticas sociales, mercado laboral y mejoramiento financiero deben formar uno de los pilares para impulsar una economía orientada al desarrollo y al mercado, no al contrario, hacia la centralización y el control autoritario.

Otro elemento necesario para la transformación, vinculado a la eficiencia de la producción, es la competencia, no la protección. Es decir, a la desmonopolización, la no estatización de empresas-sectores y la facilitación del comercio interno debe seguir el rompimiento de la inercia gubernamental de dictar los lineamientos de oferta.

Favorecer la competencia implica trabajar en dos direcciones, no excluyentes, pero sí complementarias:

  • primera, se refiere al marco legal, que debe ser encausado a combatir las prácticas anticompetitivas de comercio, que derivan en distorsiones a través de la intervención directa del gobierno, y
  • segunda de ellas se orienta hacia diversos sectores industriales y comerciales para que las estructuras productivas y de mercado efectivamente permitan la competencia, atacando prácticas gubernamentales cuando no se justifiquen y que a la vez impidan la productividad.

Estos dos últimos componentes lo entendieron bien los diseñadores e impulsores del Glásnot y la Perestroika, quienes además tomaron en consideración las consecuencias de la libre competencia para los consumidores; el aspecto más evidente que destacaron fue la posibilidad que tiene cada una de las personas para elegir entre productos y servicios de distinta naturaleza, calidad y precio.

Además, llevaron consigo el hecho de favorecer una amplia pluralidad de operadores que con libertad formularán sus planes comerciales o los de producción, incluso para favorecer objetivos de innovación y desarrollo tecnológicos de manera sola o en cooperación con otras empresas u organizaciones, es decir, planificar con certeza jurídica.

Conclusión

En suma, la libertad –incluida la competencia– a partir de la transición hacia una economía no centralizada no sería considerada simplemente como una forma de organización de las relaciones económicas, sino también como el instrumento fundamental de una verdadera inserción al futuro; eso lo asumieron desde hace décadas los países ex-socialistas como también ahora China, permitiendo la redefinición al interior y la apertura al exterior.