Dormir es una de las funciones biológicas más importantes y, paradójicamente, una de las más descuidadas en la vida laboral moderna. No es casualidad que hoy muchas personas en México puedan decir cuántas horas trabajaron ayer, pero no cuántas horas durmieron bien. En el marco del Día Mundial del Sueño, vale la pena hablar de frente sobre una cadena que suele pasar desapercibida en las organizaciones: descanso insuficiente, mayor fragilidad emocional y, en consecuencia, menor desempeño.
Cuando el sueño se altera, no solo aparece el cansancio. Se afectan la concentración, la memoria, la regulación emocional y la capacidad de colaborar; es decir: justo los componentes que sostienen la productividad cotidiana y la calidad de las interacciones en equipo. Un estudio de la aseguradora Sofía lo confirma desde la perspectiva organizacional: 65% de los líderes de RRHH afirma que los programas de salud fortalecen la productividad, permanencia y motivación.
Esto tiene sentido, el sueño no es solo una pausa: es el proceso en el que el cuerpo regula hormonas, consolida la memoria, procesa emociones y repara funciones cognitivas. Cuando ese ciclo se interrumpe —por jornadas extensas, alta demanda emocional o una desconexión insuficiente del trabajo— el impacto se vuelve visible rápidamente: irritabilidad, fallas de atención, menor rendimiento y una mayor vulnerabilidad a trastornos como ansiedad o depresión.
El problema no es marginal, la Revista Médica del IMSS lo dimensiona con claridad: estima que entre 50% y 60% de la población adulta reporta problemas del sueño.
En consulta, es cada vez más frecuente escuchar frases como “no logro apagar la mente” o “duermo, pero no descansa”. Detrás de esto rara vez hay una sola causa: suelen mezclarse preocupaciones personales, hábitos de vida, uso prolongado de pantallas y, en muchos casos, demandas que se extienden más allá del horario. Ese “modo alerta” sostenido puede interferir con los ritmos circadianos —el “reloj interno” que regula sueño y vigilia— y, cuando el descanso se fragmenta, el sistema nervioso se queda en sobrecarga y la salud mental empieza a resentirse.
El trabajo no es el único origen, pero sí es un espacio con capacidad real de prevención. En México, la NOM-035 fue un punto de inflexión al formalizar la identificación y gestión de factores de riesgo psicosocial. Más que buscar culpables, el objetivo es construir condiciones que favorezcan bienestar y desempeño, porque ambos están conectados: cuando hay alteraciones persistentes del sueño, es más probable ver ausentismo, errores frecuentes, dificultades para tomar decisiones y menor capacidad de colaboración.
En este punto conviene ser preciso: la depresión no es “estar triste”. Es un trastorno del estado de ánimo que afecta sueño, apetito, energía y concentración. Con frecuencia coexiste con ansiedad, burnout o trastornos del sueño crónicos, lo que puede dificultar la detección y llevar a abordajes parciales. Si aparecen señales sostenidas como aislamiento, irritabilidad, cansancio crónico, pérdida de interés, cambios marcados en sueño o apetito, o dificultad para concentrarse, conviene abrir la conversación con empatía y facilitar el acceso a atención profesional.
Ante esto, los seguros médicos han evolucionado para responder a una realidad más compleja, por ejemplo, al integrar la atención en salud mental dentro de la cobertura, alineada con la NOM-035, se facilita un abordaje preventivo e integral que no solo atiende la enfermedad, sino que reduce la recurrencia de nuevos episodios y fortalece el bienestar a largo plazo de las personas dentro y fuera del entorno laboral.
Dormir bien no es un lujo ni un “beneficio adicional”. Es una condición biológica para pensar con claridad, regular emociones y sostener equipos sanos. De cara al Día Mundial del Sueño, la pregunta de fondo es simple: en tu organización, ¿qué se está premiando: la disponibilidad infinita o la recuperación que hace posible el rendimiento sostenible?